Investigaciones confirman que el agua de Yucatán está contaminada con cianuro y pesticidas

La crisis del manto freático amenaza directamente a mujeres mayas e infantes que toman agua de pozos, lo que provoca un aumento sostenido en complicaciones obstétricas severas y nacimientos prematuros.

En el subsuelo de Yucatán la geología no perdona; la placa calcárea, permeable y desprovista de filtros naturales, conduce hacia el acuífero subterráneo cada residuo que la superficie produce: agroquímicos industriales, descargas pecuarias masivas y desechos urbanos sin tratamiento.

Sin embargo, lo que durante años se documentó como una contingencia ecológica circunscrita a cenotes y pozos ha cruzado el umbral biológico más íntimo y protector: la leche materna y el vientre gestante.

De acuerdo con la investigación Estudios socio-ambientales de la calidad del agua en Yucatán, México, encabezado por el Dr. Ángel Polanco Rodríguez y su equipo en el marco de la Red de Programas Ambientales de la ANUIES, las alertas científicas se encendieron al confirmar trazas cuantificables de cianuro y plaguicidas organoclorados en muestras biológicas de mujeres lactantes en comunidades rurales y semi urbanas del estado.

Investigaciones científicas multidisciplinarias constatan que los contaminantes vertidos en el acuífero kárstico han llegado al cuerpo humano; el tóxico no proviene de contingencias industriales aisladas, sino del ciclo crónico de absorción, lixiviación e ingesta del agua obtenida de pozos para uso doméstico cotidiano.

A este diagnóstico se suman los señalamientos de la organización internacional Greenpeace México, la cual ha denunciado en reiterados informes sobre la Península de Yucatán el impacto del modelo agroindustrial intensivo, las granjas porcícolas y el uso deliberado de plaguicidas altamente peligrosos (PAP) prohibidos en otros países.

Greenpeace ha advertido que el cianuro y los lixiviados agroquímicos viajan libremente por las venas de agua dulce subterránea hasta llegar a los grifos y bombas rurales debido a la nula capacidad de retención del suelo cárstico.

Al ingresar al organismo humano, el cianuro inhibe el transporte celular de oxígeno, altera el equilibrio metabólico materno y, por su afinidad química junto a los compuestos organoclorados, se concentra en el tejido adiposo y las glándulas mamarias, transfiriéndose de manera directa a los lactantes.

A la par de este envenenamiento neonatal, los reportes médicos y epidemiológicos asocian la exposición a estos contaminantes con un incremento de partos prematuros (antes de las 37 semanas de gestación).

La disrupción hormonal y la hipoxia tisular que provocan el cianuro y los pesticidas en el lecho placentario inducen inflamación sistémica, estrés oxidativo y ruptura prematura de membranas, detonando emergencias obstétricas en comunidades indígenas donde el acceso a salas de cuidados intensivos neonatales dista a decenas de kilómetros.

Tanto los investigadores de la UADY como los activistas de Greenpeace coinciden en que la respuesta institucional ha sido de omisión y dispersión burocrática. Mientras las dependencias emiten diagnósticos genéricos de sanidad, en los municipios del Anillo de Cenotes y del sur del estado la leche materna (el estándar de oro para la nutrición humana) fluye contaminada.

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Redacción
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